Málaga Ciudad para Vivir y Convivir

Ayer Maria-zambrano_unocomunicacionaprobamos en la  Junta Directiva de nuestra Asociación la presentación de dos proyectos a la convocatoria de Subvenciones del Ayuntamiento de Málaga que forman parte de nuestra estrategia de trabajo para el fomento de los Territorios Socialmente Responsables.Como decía nuestra admirada María Zambrano “Vivir es Convivir” y tal y como Yayo Nieto me comentaba hace unos días tenemos que aunar esfuerzos para hacer de Málaga una ciudad para vivir y convivir #ideasparalagente

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ADRO se reúne con la Coordinadora del Instituto de la Mujer para presentar nuestro programa de trabajo

Ana María Castillo Clavero, Presidenta de ADRO y miembros de su Junta Directiva han mantenido  un encuentro con la Coordinadora del Instituto de la Mujer, Estefanía Martín Palop, para intercambiar ideas y propuestas sobre Responsabilidad Social y Liderazgo femenino.

Durante la reunión dimos a conocer las ultimas iniciativas en las que ha venido trabajando ADRO, entre ellas el Convenio firmado con la Universidad Mondragón para la realización de prácticas de emprendimiento e innovación social y las que se derivan de nuestra recien estrenada Certificación como entidad social familiarmente responsable, sello EFR.

Os dejamos algunos instantes de la reunión .

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ADRO RECIBE EL DISTINTIVO MÁS FAMILIA POR NUESTRO COMPROMISO CON LAS MEDIDAS LABORALES PARA LA CONCILIACIÓN

mas familiaEl pasado mes de diciembre se nos comunicó oficialmente que habíamos superado  las pruebas de verificación para recibir el distintivo de organización comprometida con las mediadas que fomentan la igualdad y la conciliación familiar.

Este distintivo refuerza nuestro compromiso y nuestras ganas de apoya el trabajo que la Fundación Más Familia viene desempeñando para conseguir empresas más humanas, más cuidadoras y más igualitarias.

El informe completo de nuestra verificación que incluye las propuestas de mejora pueden verlo aquí

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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La corrupción en un país decente

La corrupción no puede ser tomada como el mal endémico de un país. Simplemente porque nos contagia y nos señala a todo un pueblo como el Prestige marcó en negro las costas azules del Cantábrico.
Y eso fue lo que hizo Rosa Díez pattiesta semana  en el Congreso: comparar la corrupción con el ébola una enfermedad que va camino de convertirse en endémica para un país como Liberia y para un continente como el africano.
Flaco favor. Claro que si atendemos a que no se invierte en los medios para frenar el contagio, en uno y otro caso, la enfermedad es inevitable.
Algo es claro en este asunto de la corrupción: la indignación ciudadana alimentada por una dirigida (y, en ocasiones, necesaria) crispación mediática impide a la ciudadanía pensar con objetividad sobre ciertos hechos.
Me refiero, en concreto, a algunos.
Lamentablemente hoy parece casi imposible evitar que, en cualquier organización decente, aparezcan ovejas negras y con ellas los casos de corrupción. Parece inevitable pero es controlable, como el ébola hasta que aparezca la vacuna.
Las organizaciones pueden y deben tener códigos éticos que atiendan con mano firme los casos y sus consecuencias.
Otro asunto es cuando la corrupción se convierte en “estructural” y en “modus operandi”.
Cuando un Presidente de gobierno como Aznar cobra comisiones por utilizar su influencia y experiencia como Jefe de Gobierno para que una empresa española consiguiera contratos en Libia  (ojo también corrupta porque entra en el juego, hacen falta dos para el tango) marca una tendencia en el comportamiento, desde luego nada ética, que puede contagiarse en la organización política y convertirse en estructural.
A mi todo este asunto de Aznar me recuerda mucho a cómo funciona la mafia. En la mafia no hay ovejas blancas con alguna inevitablemente negra. Si fuera así sería una organización decente con el mismo riesgo de corrupción que otras organizaciones decentes.
Creo que debemos reflexionar seria y críticamente sobre este hecho y explicarlo a la ciudadanía. No hay corruptos más o menos enriquecidos gracias al juego sucio. Ni corruptos más cultos o menos según en qué gastaron el crédito de las tarjetas opacas.
Simplemente hay inevitables corruptos en organizaciones mayoritariamente decentes o no.

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Los nuevos pobres de la era global están en la clase media

El aumento de los nuevos súper ricos en el mundo   por  Chrystia Freeland es una de las charlas TEDX dedicadas a asuntos globales como la desigualdad y la pobreza.

Estas conferencias, tanto por las temáticas que abordan como por la originalidad de su formato, me resultan especialmente interesantes ya que en apenas veinte minutos el/la ponente debe exponer las principales ideas innovadoras/revolucionarias que sostienen su tesis o su  punto de vista relativo a un problema o un proyecto igualmente innovador o revolucionario.

A priori el título de la conferencia de la periodista Chrystia Freeland  parece alejarnos del que encabeza este post. Pero si tiene oportunidad de visionar la charla  comprobará el vínculo entre uno y otro y de ambos con la globalización y sus efectos: una multipolarización geográfica de la riqueza, un aumento sin precedentes en la historia reciente de la brecha entre los muy ricos y el resto de la sociedad y la consecuente desaparición de lo que entendíamos por una “necesaria” clase media debido a la aparición de otra nueva clase trabajadora empobrecida por una  “necesaria” precariedad laboral.

Señala Freeland en su conferencia que solo en Estados Unidos, hoy por hoy, el 1% de la población representa el 20% de la renta nacional  frente al 10%  que constituía en los años 70.

En los años 90 para entrar en la lista Forbes (la lista que anualmente publica la revista que lleva el mismo nombre con los hombres, sí, hombres, más poderosos y ricos del planeta)  bastaba con reconocer ingresos cercanos a los 400. 000 mil millones de dólares. En el 2013 esa misma cifra alcanza los 1,7 billones.

Una nueva  plutocracia neoliberal emerge sin problemas también en democracias sociales como las de Suecia, Finlandia o España. Nuestro país es ahora el segundo con más desigualdad social de Europa y en el que la brecha entre ricos y pobres más ha crecido en los últimos años.

A nivel mundial y según los datos de un informe realizado por Intermon Oxfam sobre la desigualdad en el mundo, las 85 personas más ricas del planeta poseen ingresos  equivalentes a los de la mitad. La influencia de este “club de  los 85 más ricos” en las agendas políticas de los Gobiernos es tal, que esta misma ONGD  habla ya de un auténtico  “secuestro de la democracia” y  Freeland de la sustitución de una plutocracia meritocrática por un  “capitalismo de amigos”.

Estamos, pues,  ante una élite económica con un poder político sin precedentes desde la revolución industrial.

Esta acumulación de poder es consecuencia, por un lado, de la extensión del paradigma económico neoliberal caracterizado por la desregulación, principalmente, de los servicios financieros, la baja presión fiscal sobre los más ricos, las privatizaciones en el sector público y una política de descrédito más o menos intencionada hacia la legitimidad de los sindicatos. Y, por otro, al empuje de dos nuevos motores económicos: la aparición de un mercado global y la revolución tecnológica.

La terciarización de las economías desarrolladas debida al traslado de la producción industrial a los países menos desarrollados que ha caracterizado las últimas décadas ha traído algunos aparentes beneficios. Entre ellos permitir a los consumidores de dichas economías acceder a productos más baratos y a los otros países sacar a miles de familias de una situación de pobreza extrema.  La revolución tecnológica que crea nuevos multimillonarios en un tiempo record  y en cualquier parte del mundo y que consigue que un país como India haya sido capaz de poner en órbita un satélite de bajo coste  tiene consecuencias para unos y para otros tan graves como complejas de combatir. Como el hecho, inevitable, de que esta revolución tecnológica, provoque  la desaparición de millones de empleos tradicionales en las economías desarrolladas  y que sea incapaz de crear empleo ni siquiera en una proporción aproximada.

Basta ver la plantilla de empresas líderes como Facebook, Apple o Microsoft.

Asimismo parece que hay una relación directa entre la competitividad de estas empresas y las  precarias condiciones laborales de los trabajadores de los países en los que   han deslocalizado su producción. No obstante parece que la principal ventaja competitiva de estos países es la existencia de una mano de obra barata amparada, casi siempre,  por una legislación laxa que favorece dicha precariedad.

Como hemos podido  constatar los avances tecnológicos y la aparición de un mercado global no han detenido una desigualdad social creciente que se traducirá en la falta de movilidad social, de igualdad de oportunidades para los individuos de cualquier país. En otras palabras, que el acceso a la educación cualificada y a los mejores empleos que  provee, puedan quedar en manos de la plutocracia del “capitalismo de amigos” y en sus diferentes grupos sociales.

La nueva pobreza  global se llama precariedad laboral y afecta a lo que conocíamos como clase media. La precariedad laboral va camino de convertirse en una condición política y económica que haya que mantener con carácter estructural para sostener el crecimiento económico.

Es un fenómeno que no encuentra país emergente o desarrollado que encare otro tipo de respuesta política distinta a la que marca la ortodoxia neoliberal. La clase media parece identificarse ya con ella.

Quizá sea esto lo que, desgraciadamente, lo que haga  que la precariedad laboral parezca imparable.

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¿RSE o filatelia?

iloverseEn las últimas semanas he tenido ocasión de oír varias referencias a la necesidad de contar con un “sello” de responsabilidad social, sobre todo entre empresas que intentan entrar en el mercado público, y a las que, muchas veces de forma interesada y tendenciosa por parte de ciertos expertos, se les vende que para contratar con la Administración se les va a exigir poseer una acreditación de su RSE. Así que muchas de ellas se han pasado a la filatelia, esto es, a coleccionar sellos.

Supongo que muchos lectores ya conocerán mi opinión acerca de las certificaciones, ya sea en calidad, medio ambiente o cualquier otro tenor. La certificación, sin más, no implica nada si no va acompañada de una firme voluntad de insertar en la estrategia y en la gestión el objeto del certificado. Conozco bastantes empresas y organismos públicos y privados que cuentan con numerosas certificaciones en calidad, gestión medioambiental, trabajo digno y otras cuestiones pero que no han integrado en absoluto en su ADN aquello por lo que se han acreditado. En tales casos, el proceso de certificación y el sello son percibidos y usados por la propia organización como el letrero que anuncia el radar en la carretera, esto es, como elemento disuasorio o limitador de lo que sería su comportamiento natural, de forma que frena excesos que en su ausencia se producirían, pero sin cambiar las actitudes de fondo.

Por otra parte, los procesos de certificación obligan al establecimiento de numerosos procedimientos y reglamentaciones que ahogan la iniciativa, la creatividad y reducen la flexibilidad de la organización y su capacidad de dar respuestas originales a los nuevos problemas. La cantidad de burocracia y papeleo informático[i] que generan consumen un tiempo muy valioso, que podría destinarse a formular metas más ambiciosas y a trabajar más y mejor para conseguirlas.

En la inmensa mayoría de las organizaciones, ese trabajo extra es trasladado por los gestores al personal de base, que ve incrementada su carga de trabajo sin recibir nada a cambio. Y no pocas veces este tinglado se le vende al trabajador como un medio para que pueda canalizar sus iniciativas o quejas sobre la empresa, el trabajo y los jefes, cuando, por lo general, los formularios y listas de chequeo no admiten respuestas abiertas ni informaciones que no hubieran sido previamente codificadas.

La pregunta clave, entonces, es: ¿cuándo necesito un sello en RSE? La respuesta más honesta sería que nunca o casi nunca, y ello por varios motivos:

  • Primero, porque nuestra legislación excluye que se pueda establecer la certificación como exigencia; en todo caso, solo puede incorporarse como un elemento más que valorar en la propuesta, al igual que la calidad, el presupuesto o la existencia de un plan de igualdad en una pyme, por ejemplo.
  • Segundo, porque la RSE es una dimensión de la estrategia de la empresa, que debe formar parte integral de su modelo de negocio. Si la empresa se empeña en tener un sello, pero no empieza por creerse la RSE, desde su cúpula hacia abajo, y a practicarla en todas sus actividades y áreas de gestión, entonces la certificación es un engaño, una cortina de humo para ocultar lo que de verdad se es, resultando lo contrario de lo que pretende.
  • Tercero, porque la honestidad merece la pena y, siendo una apuesta de largo plazo, la RSE, a la larga, compensa mucho más que su falta.

Por eso, si la empresa incorpora la RSE honestamente y de forma integral a su negocio, es de esperar que la misma reputación que su buen hacer generará sea diseminada por sus trabajadores, clientes, proveedores, vecinos y demás stakeholders alcanzando una visibilidad y una credibilidad mucho mayores que las que provengan de un certificado.

En conclusión, lo mejor para cualquier empresa que quiera asegurar que su comportamiento es socialmente responsable es reelaborar su proyecto estratégico sobre dos pilares básicos: la excelencia y la RSE. Así no puede equivocarse.

 

[i] Véase el artículo anterior “¿Excelentólogos? No, gracias.

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El timo del emprendimiento

No acabo de entender cómo hemos caído todos en la trampa de lo que se ha dado en llamar el nuevo paradigma del empleo: el emprendimiento, que viene a ser algo así como el “hágalo usted mismo” referido al futuro profesional en vez de al bricolaje.

A priori parece muy bonito eso de que todos seamos emprendedores. Estoy de acuerdo: todos debemos ser emprendedores, pero en cualquier actividad, y precisamente es en los ámbitos no empresariales, como la educación, los servicios sociales, el tercer sector o la Administración Pública, donde hacen falta más emprendedores, porque emprender es tener iniciativa y hacer cosas nuevas, es decir, innovar.  Pero la trampa está en que no todos podemos ser empresarios. Ese atajo que han tomado nuestras autoridades, desde la Comisión Europea hacia abajo, sean de izquierdas o de derechas, haciéndonos creer que emprendimiento y empresarialidad es lo mismo, es una verdadera tomadura de pelo. Y es lo que explica que, pese a que cada vez haya más nuevos proyectos empresariales, menos sobrevivan. Según el Global Entrepreneurship Monitor, solo el 8,7 % de los proyectos superan los tres años y medio de vida.

En mi opinión, el emprendimiento, tal y como está planteado, es un timo, que consiste en hacer creer a muchas personas que por el mero hecho de que se les ocurra una idea o tengan el valor de echarse al ruedo de los negocios, pueden ser empresarios con un cierto grado de éxito. A esto se une la paradoja de que no se exija ningún tipo de cualificación para ser empresario. Hemos sacralizado la iniciativa privada hasta tal punto que cualquiera, sin formación, sin experiencia, sin preparación técnica, sin capacidad de gestión, sin moral incluso, puede montar un negocio, contratar gente, adquirir suministros, pedir dinero a diestro y siniestro, y fracasar, defraudar o estafar a toda la sociedad. Así como todas las profesiones están reguladas de alguna forma, la profesión de empresario no tiene más exigencias que la capacidad legal que se adquiere con la mayoría de edad.

Incluso en el supuesto utópico de que todos los pequeños emprendedores sean competentes y honestos, ¿a qué nos llevaría esto? Creo que a una especie de gigantesco banco del tiempo donde cambiaríamos clases de inglés por tomates o composturas de ropa por cuidado de niños. Es decir, a una economía de trueque casi medieval donde intercambiaríamos productos y servicios de supervivencia, dada la inexistencia de un mercado suficiente para tantas microempresas, que además serían bastante ineficientes no solo por su mínimo tamaño sino porque no todos los emprendedores tendrían algo verdaderamente útil que vender. ¿Esa es la economía del conocimiento que va a sustituir al modelo del ladrillo?

Yo creo que a quien beneficia todo esto es a las grandes empresas. Esas que, en vez de contratar un trabajador bajo el amparo del derecho laboral, contratan a “un profesional” mediante un contrato mercantil que encubre a un falso autónomo (ese oxímoron llamado legalmente “autónomo dependiente”). Un profesional que se paga todos sus gastos, incluidos los seguros sociales, que asume todo su riesgo laboral y profesional, pero que de autonomía no tiene ninguna, ya que depende de la voluntad de la empresa grande para trabajar, quien lo mismo puede prescindir de él sin prácticamente coste alguno. Al Estado tampoco le viene mal, ya que las prestaciones que recibe un autónomo por las diversas contingencias son mucho menores que las de un asalariado.

En fin, se mire como se mire, un timo. Y una enorme irresponsabilidad para con toda la sociedad.

ANA MARÍA CASTILLO CLAVERO.

PRESIDENTA DE ADRO

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Los charlatanes han secuestrado a la RSC

Estaba por titular esta entrada con el interrogante “¿La RSC ha muerto o solo  está desaparecida en combate?”, pero al final he decido adelantar la conclusión a la que me gustaría conducirles.

Aunque muchos dicen que la RSE goza de su mejor momento, y es cierto que esa etiqueta nunca ha tenido la visibilidad que ahora posee, yo creo que la fama está ahogando al personaje. De hecho, parece que a la mayoría de “interesados” en la RSE (empresas, expertos, consultores, políticos, medios de comunicación) lo único que de verdad les interesa es monopolizar la marca RSC, pero no tanto practicarla.

¿Quién tiene la culpa de esto que está pasando? Yo encuentro varios culpables. En primer lugar, las propias empresas, sobre todo las grandes, que conciben la RSC como una herramienta de relaciones públicas, y que no han pasado de esa etapa inicial en la que asumirla no tiene más finalidad que el maquillaje social, el “puro teatro” como diría La Lupe. A veces, cuando hojeo memorias de sostenibilidad de corporaciones o entidades financieras, me asalta la idea de que podrían acudir al Planeta a concursar como obras de ficción ¡y ganar!

Por poner un ejemplo, ¿es que alguien puede creer que una empresa que ha sido multada por pactar con sus competidores subidas de tarifas, o el mantenimiento artificialmente alto de sus precios,  o que posee fondos de inversión ocultos en paraísos fiscales, o que paga tarde y mal a sus proveedores, o que desatiende a sus clientes, realmente está comprometida con la RSE y la tiene integrada en su modelo de negocio? Esas empresas, que tienen fundaciones y presuntos proyectos sociales, que se lavan la cara a base de financiar cátedras y seminarios en las universidades,  que rentabilizan los intereses que tienen en los medios de comunicación, ni a cumplir las leyes llegan,  y ese, no lo olvidemos, es el límite mínimo de la RSC.

Otros cómplices necesarios de este tinglado son los mensajeros de la cuestión. Toda esa caterva de periodistas, expertos en marketing, relaciones públicas, publicistas y gurúes varios que creen que basta comunicar bien para tener algo que decir. Esos “todólogos” que presuponen que un bonito envoltorio hace al regalo y que creen que transparencia es sinónimo de bla-bla-bla. Creo que va siendo hora de que entendamos que primero hay que hacer y luego ya veremos la forma más adecuada de reportarlo. No por mucho comunicar se actúa con mayor RSC.

El tercer equipo en juego son los expertos, o experpentos, como sugiere un lector: consultores, asesores, técnicos, evaluadores, e incluso académicos, que están haciendo con la RSE lo mismo que antes hicieron con la calidad: ahogarla con normas, documentos, reglas, reducirla a burocracia, indicadores, estadísticas e informes. Esos que se han montado un tinglado para vivir a costa de los crédulos a los que han convencido de que lo que no se mide y se cuadricula no se puede gestionar.  ¡Mentira! Para mejorar cualquier cosa lo importante es la voluntad de hacer las cosas bien y la visión del adónde se quiere llegar. Olvidan, porque lo ignoran, que el mejor motivador y el que más influye en el comportamiento de las personas no es la normalización y tipificación de tareas y resultados, sino el compromiso normativo, el que las personas y las propias organizaciones “se crean” lo que hacen y compartan los valores en los que fundamentan su trabajo. Estos engañabobos además son un peligro para la RSE, porque hacen que muchas pymes, que es donde hoy día reside en buena parte la verdadera RSE,  se sientan incapaces de asumir su gestión de forma sistemática ante el coste y el esfuerzo que podría suponerles implantar todos esos innecesarios sistemas de evaluación y gestión.

En cuarto lugar, tenemos a nuestros amigos los políticos. Los que promueven pactos y alianzas por la RSC, crean consejos consultivos y (hasta ahora) han financiado campañas de sensibilización, eventos y actos propagandísticos de difusión. Se les llena la boca hablando de RSC pero se olvidan de aplicarla en casa, tanto en el seno de los partidos, donde medran los más mediocres y rastreros en perjuicio de la gente con talento y compromiso, como cuando gobiernan, en la propia Administración, que no es precisamente un ejemplo de excelencia y sí muchas veces de mediocridad, dejadez y corrupción.

Por último, y en quinto lugar, estamos todos: los ciudadanos, los consumidores, que no castigamos las malas prácticas, que no denunciamos, que no exigimos ética, honestidad, compromiso y buen hacer, que por ahorrarnos unos céntimos cerramos los ojos y compramos lo más barato, a sabiendas de que probablemente esté fabricado muy lejos por una pobre criatura sobreexplotada sin garantías ni derechos laborales.

Es hora de dejar de hablar y de empezar  a actuar.

Ana María Castillo Clavero

PRESIDENTA DE ADRO

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